
Debo confesar que me gusta mucho que me regalen calzoncillos (boxers) o calcetines para mi cumpleaños. Hay gente que encuentra que es un regalo pobre, incómodo, inapropiado o incluso sugerente. Sin embargo, en mi opinión claro está, se trata de un aporte práctico y sencillo.
Mi papá siempre me dijo: “la gente no se acerca a ti porque tú no la dejas conocerte… tengo miedo a que te quedes solo por ser demasiado selectivo con las personas que te rodean”. Gran consejo. Es más, si yo fuera Simba, mi papá sería Mufasa, porque es sabio, elocuente y valeroso como él (afortunadamente no se ha caído de un risco sobre una estampida).
Con este consejo a cuestas, recuerdo que ingresé a primer año del plan común de ingeniería, por allá por el 2003, con la idea de dejar que la gente se acercara a mí y darle una oportunidad de agradarme, a la vez que yo intentaba agradar también.
“Oye, yo vengo recién llegando a clases… ¿dónde dan los apuntes?” – me preguntó.
“No lo sé, es que los repartieron en la sala” – le dije.
“Sí, lo sé… por eso te dije que vengo llegando recién” – me respondió.
Pues bien, no recuerdo si precisamente el diálogo fue así, sin embargo, recuerdo que a la segunda intervención de Emerson yo ya me encontraba desmotivado. Cada vez que emitía una frase, sentía que mi motivación iba en decaimiento exponencial (go ñoño!), pero mientras veía su boca moverse, imaginaba a mi papá en una nube de comic diciéndome: “no le cierres la puerta a la gente Simba, hay gente valiosa que esconde su valor…”. Aunque yo pensaba que Emerson tenía su valor bien escondido, decidí hacer caso a mi padre y seguir descubriendo rasgos de su persona.
Conforme los días pasaban, Emerson me buscaba para conversar, para sentarse junto a mí en las clases, para comparar tareas y, lo que más detestaba, para *comentar los controles de 3 horas una vez rendidos*. Sí, Emerson amaba rehacer prácticamente completos los controles una vez aplicados, práctica que a mí me provocaba un disgusto enorme.
“No me digas que no te salió esa pregunta… si era la más fácil, mira, se hacía así…”, “Pero si esa pregunta era el regalo del control… ayy, parece que estudiaste mucho y no te sirvió tanto”, “No, mira, si me va mal es porque me ahuoné, porque estaba botado el control”, eran algunas de sus frases más solemnes. Recuerdo incluso alguna vez haber presenciado a mi primer amigo en la universidad, a Francisco, con su tradicional estilo directo y seco, deteniendo a Emerson y su arrogancia característica (de todos modos, Emerson nunca obtuvo una nota superior a mí, en ningún control… ja!, go nerd!).
Emerson se volvió mi compañero fiel, el que me guardaba asientos, el que me explicaba si no entendía, el que me repetía lo que el profesor acaba de decir, el que me retaba si estaba atrasado con el estudio… uff!, un licuado de cosas buenas y malas que me hacían sentir “socialmente a prueba”. “Christian, es una prueba de la vida, Emerson quizás es un ángel enviado por Dios para probar tu humildad y tu paciencia… no lo odies”, intentaba convencerme.
Sin embargo, cuando el semestre llegó aproximadamente a la mitad, conocí a quién sería mi primer gran amigo (o sea, mi yunta) hasta hoy en la mítica Universidad de Chile: Gabriel. A partir de ese momento, las historias con Emerson pasarían a ser de risa y carcajada total.
Entonces me dirigí a "Rotter y Krauss" para comprar mis nuevos lentes. En ese momento me di cuenta que tenía que enfrentar la delicada decisión estética de qué marcos comprar totalmente solo. Extrañé a mi amiguita con la que entro a los probadores de FES para aconsejarme y también a mi hermana, que se encarga de recomendarme estilos y prendas cuando salimos juntos.

En general, no me considero un tipo desubicado. Soy bastante centrado en mis opiniones y cuidadoso al momento de emitirlas. Nunca he deseado causar daño con las palabras que salen de mi boca… en realidad sí, en más de alguna ocasión lo hice, en especial en fiestas familiares, puesto que mi familia es bastante especial y el veneno se transmite en las palabras y miradas.
Pero no nos desviemos, pues mi familia da para tema aparte. El punto central es que soy experto en hacer comentarios que llegan como palos a mi interlocutor, sin la intención absoluta de enviar misiles teledirigidos. Aquí va una muestra leve y otra bochornosa:
Me encontraba conversando con mi prima sobre un reality de canal 13 (que a estas alturas no recuerdo cuál de todos los “Protagonistas de la Bazofia” era), cuando dije: “¡detesto a Pedrita (no recuerdo el nombre exacto)!. Es una zorra, es ordinaria para hablar, se cree mina, es tonta, suelta, chillona… es una pérdida de material biológico”. Mi prima me miró horrorizada y me dijo: “¡Tatán!, no se te vaya a ocurrir decir eso delante del Manuel (el pololo de una de mis tías)… ¡ES SU AMIGA!”. Afortunadamente Manuel se encontraba como a 5 metros de distancia y ni se enteró de los adjetivos adolescentemente venenosos que utilicé.
En otra ocasión, Manuel volvió a ser la víctima de mis comentarios, pero en esta ocasión corrí menos suerte.
Nos encontrábamos tomando té en mi casa, con algunos tíos, incluido Manuel, cuando de pronto el tema de conversación evolucionó a Marco Antonio Solís y el reciente concierto a estadio lleno (y viejas hiperventiladas) del astro en Santiago. De pronto dije: “¿pero vieron el público?, yo lo encuentro medio rasca. ¿Quién va a esos conciertos?”. ¡OUCH!. El silencio posterior me indicó inmediatamente lo que venía, pues mi tía (la polola de Manuel) me mira con los ojos abiertos y me dice: “Tati, el Manu llevo a sus papás a ese concierto”. “FUUUUUUUUUUUUUCK!!!”, pensé. Como no tenía vía de escape, dije con mis mejillas ardiendo: “uuf, disculpa Manuel, pero es que ése era mi prejuicio. ¿Es muy rasca la gente que va?”. Así, intentando señalar que “yo me refería a los otros”, la conversación siguió su curso normal.
Esta boquita ácida siempre tiende a meterme en esta clase de problemas. ¿Cuál es la probabilidad que el pololo de tu tía conozca a una doña X de un programa de televisión?, casi 0, estoy seguro. Lo de Marco Antonio debo confesar que es bastante más común, pero qué diablos. Por la boca muere el pez, dicen, aunque no entiendo bien a qué se refiere el refrán popular.